Desarrollo de las capacidades de aprendizaje de nuestros hijos.

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La capacidad de aprender de su hijo seguirá aumentando rápidamente durante esta etapa de su vida. Una buena manera de definir esta capacidad (llamada también “cognición”, “facultades intelectivas” y “capacidad intelectual”) es la posibilidad de un niño de aprender nuevas habilidades y conceptos, su capacidad de interpretar los acontecimientos que tienen lugar a su alrededor, la posibilidad de usar la memoria con precisión y la habilidad para resolver pequeños problemas.

Todos los días verá usted ejemplos de cómo la facultad de razonamiento de su hijo, su asimilación de nuevos conceptos y su capacidad de resolver problemas se desarrollan a lo largo de su segundo y tercer años. Ya piensa y aprende mucho mejor.

Éstos son algunos de los cambios observables:

Simbolismo: Hasta que cumplió los 18 meses, más o menos, su hijo era incapaz de usar símbolos; en otras palabras, sólo podía pensar en el aquí y el ahora, y si un objeto no estaba físicamente presente, le costaba mucho pensar en él. Pero esto cambia a mitad del segundo año, cuando empieza a pensar en imágenes. La emergencia del simbolismo incrementa de forma espectacular sus posibilidades de aprender.

Atención: Una parte del aprendizaje requiere concentrarse en una información el tiempo necesario para aprender su significado. El alcance de la atención de los bebés es aleatorio, pero a medida que su hijo se acerque al final de su segundo año, empezará a ejercer control sobre la atención que dedique a un objeto o a una actividad, y cuando algo despierte su interés, se concentrará en ello hasta que satisfaga su curiosidad.

Memoria: La capacidad de recordar información aprendida previamente es una parte esencial del aprendizaje y esta capacidad aumenta durante el segundo y el tercer años. Su memoria, tanto a corto como a alargo plazo, es ahora más eficaz. Esto le permite recordar experiencias recientes (algo ocurrido hace un minuto) y lejanas (algo ocurrido varios meses atrás).

Lenguaje: El aprendizaje y el desarrollo de las aptitudes lingüísticas están estrechamente relacionadas. La explosión lingüística de su hijo afecta no sólo a sus habilidades de comunicación, sino también a sus capacidades de aprendizaje. Utiliza el lenguaje para hacer preguntas, poner a prueba sus ideas, razonar y aumentar su comprensión del mundo.



Recuerde, no obstante, que sigue aprendiendo sobre todo mediante el juego exploratorio y escuchando, hablando y comentando. No importa si juega con una caja vacía, un muñeco de bañera, sus cubiertos de juguete durante la comida o un rompecabezas: cuando interactúe lúdicamente con algo de su entorno, aprenderá algo nuevo. Lo mismo puede decirse del lenguaje: aprende algo nuevo en cada conversación que mantiene. Considérelo un científico dinámico, que se empapa de información como una esponja y luego está ansioso por poner en práctica sus nuevos conocimientos.

Por supuesto, usted puede hacer mucho para estimular las capacidades de aprendizaje de su hijo, pero no olvide que una buena parte de lo que aprende tiene lugar todos los días mientras sigue su rutina habitual. Por ejemplo, vestirse por la mañana es una tarea compleja que requiere capacidad de comparar y clasificar, coordinación, memoria y concentración. Poco a poco, cada día aprende más sobre cómo vestirse, hasta que alcanza cierto grado de autonomía hacia los tres años de edad y entonces parece estar a años luz de su habilidad para realizar esta misma tarea cuando tenía 15 meses.

Su visión del mundo
Es importante no dar nada por supuesto respecto a los procesos mentales de su hijo; a pesar de sus notables progresos de aprendizaje, todavía existen dos rasgos distintivos en sus aptitudes lingüísticas que no son como en los adultos.


Primero, él no entiende del todo la relación causa-efecto y quizás atribuya una relación inexistente a dos sucesos que no estén conectados entre sí. Esto se debe en parte a su razonamiento inmaduro y en parte a su falta de experiencia . Por ejemplo, si una luz se apaga (quizá porque se ha fundido la bombilla) en el mismo momento en que él estornude, su hijo puede creer que el estornudo es la causa de que la luz se haya apagado. Y en el futuro le vea mirar ansiosamente a su alrededor cada vez que estornuda, esperando que se apague la luz.
Cuando su hijo haga un comentario sobre una relación causa-efecto errónea (por ejemplo, cuando diga que ha hecho llover porque ha empezado cuando él se ponía el abrigo), usted debería explicare por qué esa relación no existe en realidad. Quizá al principio no se lo crea, de modo que probablemente necesite repetir su explicación más adelante.

Una segunda diferencia importante en su pensamiento es que aún tiene a ver las cosas sólo desde su propio punto de vista. Por eso su hijo de dos años mirará con expresión vacía cuando usted le reprenda, por ejemplo, por jugar con los juguetes de su hermano mayor cuando se lo habían prohibido previamente. El argumento de “¿cómo crees que se siente tu hermano cuando le desordenas los juguetes?” le entrará por un oído y le saldrá por el otro porque aún no habrá llegado a la etapa en la que pueda ver las cosas fácilmente desde la perspectiva de otra persona.  Empezará a valorar otros puntos de vista hacia el final del tercer año y no será capaz e ponerse totalmente en el lugar del otro hasta dentro de varios años.

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